TEORÍAS

Posted by Walterio | Posted in , , , , , | Posted on 12/16/2012 12:00:00 a. m.

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“Una de las edificaciones emblemáticas que identifican a Alta Gracia es la torre de su Reloj Público, una construcción de casi cuarenta metros de altura que impone su presencia en el mismo centro de la ciudad, a la vera del jesuítico Tajamar.

A nivel de la calle, una puerta de doble hoja permite el acceso al edificio, en cuyo interior funciona una breve dependencia municipal destinada a ofrecer información turística a los cientos de paseantes que diariamente visitan la ciudad.

En lo alto de la torre, una vieja pero cuidada máquina de contar tiempo se anuncia indefectiblemente cada media hora con metálicas campanadas que en las alturas echan a volar a las inquilinas palomas y en la calle apuran el paso de los demorados.

Una calurosa mañana de febrero, las informantes turísticas abandonan alborotadas sus puestos de trabajo, pues en uno de los rincones del escueto recinto una extraña voluta de humo blanco se eleva lentamente a partir de una hendija abierta en el piso, próxima a la pared.

Ya en la calle, las sorprendidas mujeres comentan la rareza con un inspector de tránsito apostado en esa esquina y un puñado de ocasionales peatones.

“¿Están seguras?”, pregunta incrédulo el inspector desde su refulgente chaleco anaranjado. “Debe ser un pucho mal apagado”, asegura con tono petulante un tipo con pinta de saberlo todo. “Imposible, señor. Por tratarse de una dependencia pública, adentro está prohibido fumar”, puntualiza una de las empleadas.
 
 
Acuciados por el relato de las mujeres, un grupo de curiosos ingresa al edificio para comprobar el suceso con ojos propios. Uno de los hombres, el más joven y audaz de ellos, se acuclilla en el referido rincón y acerca su nariz a la fumarola, en un intento por identificar el origen del fenómeno. Sin embargo, no es el olfato el que le da una señal, sino su oído. “¡Escuchen!”, susurra el joven con un dedo en alto que solicita atención. Todos hacen silencio y sigilosamente avanzan a la vez -uno, dos, tres pasos; como si el grupo fuera una única entidad-, para poder oír un leve siseo que proviene del mismo resquicio a través del cual se desprende el vapor.

Afuera una sirena ensordecedora llega y se estaciona en la esquina, trayendo consigo un camión del Cuerpo de Bomberos Voluntarios, el cual ha acudido urgente al nervioso llamado de una de las empleadas.

Hacha en mano, un ágil bombero ingresa al edificio para realizar una inspección y allí se encuentra con el grupo de hombres agachados en una de las esquinas del local. Éstos intentan explicarle lo que han descubierto, pero en ese instante una repentina vibración comienza a sacudir el suelo. Asustados, todos desalojan el lugar de inmediato.

En la calle la gente siente que la tierra tiembla bajo sus pies. Gritos de pánico comienzan a volar por los aires. Desconcertadas, algunas personas huyen de aquel sitio en busca de algún lugar seguro; mientras otras, paralizadas por el miedo, trastabillan como borrachos desequilibrados.

Aquella ligera espiral de humo que había aparecido en un rincón del Reloj Público se ha convertido ahora en una columna de vapor caliente que inunda el salón y que también aflora en el exterior del edificio, asomando por debajo de las escaleras de acceso y expandiéndose como una nube rastrera.

Los alaridos de horror se renuevan. El temblor se intensifica y trae consigo un ruido sordo que trepa por las piernas, avisando que abajo, algo se desgarra.

Un violento sacudón estremece la tierra y los cuerpos de los despavoridos ruedan por el suelo. Desde las alturas caen columnas de alumbrado público y trozos de mampostería que se desprenden de las fachadas y de los balcones.

En medio de esa confusión, el viejo y enorme reloj lanza la primera de las diez campanadas que compondrán su cuenta regresiva. Nueve. Ocho. Y la torre que lo alberga empieza a sacudirse en espasmos demenciales. Siete. Seis. Y la nube de vapor que emerge de su base se convierte en una tormenta blanca que chamusca todo lo que se le cruza. Cinco. Y el terremoto ahoga los llantos. Cuatro. Tres. Y la tierra se agrieta. Dos. Y el rugido aturde. Uno. Y el Reloj Público, ya cohete de piedra, empieza a ganar altura, arrastrando consigo a la ciudad toda. Sus agujas marcan las once y cinco de la última mañana de Alta Gracia y apuntan hacia un cielo celeste que ya comienza a abordar.
 
 
Mientras asciende, su figura es escoltada por un manojo de calles serpentinas que desde abajo parecen la estela de un cometa hecho de trapos.”

Del libro  “Teorías Acerca de la Desaparición de Alta Gracia”
JORGE FLORES SOLER (FANUE).


Comments (8)

me encantoooo

Qué bueno que está el relato, y qué manera de despedirse de las postales del Reloj Público.

La última imagen es muy divertida.

Muy graciosa la historia!

Anónimo: Me alegro!

Marcos: Tenía que ser una despedida con muchas luces!

Alejandro: Y bien que me costó lograrla.

Mariana: El mérito de ese punto, es de Fanue.